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domingo, noviembre 29, 2020

Infinitas noches de punk-rock

Por: René González

  1. Príncipe nuestro de la depresión.

La muerte de Kurt Cobain, líder de Nirvana -una especie de José José del grunge-, quién partió el 5 de abril de 1994 y cuyo cuerpo fue hallado tres días más tarde con los impactos de una escopeta que el mismo accionó, dejó a nuestra generación, la de la depresión finisecular, sin su terrible y amado príncipe.

Fuimos quizá de los últimos mohicanos que suspiramos y nos piramos con el rock en vivo, antes de la globalización de los videos tipo MTV y de la estandarización de gustos vía redes sociales. Todavía nos tocó el vinilo, los grupos se reinventaban a sí mismos en cada tocada para sorprendernos con nuevas rolas; todavía no prevalecían los “tributos” y fusiles de los viejos himnos.

Habitamos, eso sí, los grandes conciertos subterráneos de los años noventa, que en nuestra soledad marcaron el fin de la era de “la nueva música clásica”, como la describió magistralmente el maestro José Agustín. Esos conciertos o tocadas fueron auténticos rituales, por inusuales e inéditos, todavía no entraban en la urbe del costumbrismo, la domesticación del conflicto juvenil y las vitrinas cuadradas del monopolio del rock.

Significaron los últimos suspiros de un largo sueño que había comenzado a mitad del siglo XX con el rhythm and blues de raíces afro, el blues rock gabacho, el rocanrol sajón, y su reinvención en las distintas dimensiones del rock, que también tuvo su carretera con señalizaciones y vibras latinas. La gira interminable de los héroes caídos del cielo parecía dar las últimas gotas del elixir de la eterna juventud, en la década que preveía el fin del mundo en el año 2000.

En México la historia es muy sabida, el rock nacional fue excluido de la escena central después del trágico 1968 y del mítico y también trágico festival de Avándaro de 1971, nuestro Woodstock de Mesoamérica. Después vino la guerra sucia contra los estudiantes disidentes y la guerra de baja intensidad contra los chavos rocanroleros de parte del viejo sistema, coronada con una errática postdata de Carlos Monsiváis hacia los chavos de onda, a quienes llamó: “la primera generación de estadounidenses nacidos en México”. Ilustrando que los maestros de lo cotidiano como el célebre cronista, también se han equivocado.

El principal sobreviviente de aquel oscuro y sinuoso camino de los años sesenta fue el Three Souls, que por un pleito interno en los años 80´s mutó y se revitalizó en simplemente El Tri, y luego en los noventa dio, en sintonía con lo que hemos referido, los mejores de sus abundantes conciertos, antes que el buen Lora dejara de vivir para auto escenificarse en el siglo XXI.

  1. La noche del 3 de julio de 1993.

Estamos en 1993, una noche caliente de sábado, el lugar y la cita no son nada comunes para el mundo del rock underground de la época, el recinto con duela olímpica está sitiado por la policía, que en esos años era adicta a las razias y las madrinas. El cartel denominado “Rock y Smog”, anunciaba a dos de los hijos más legítimos de la añeja y profunda onda rockera: El Tri y Ramones.

Paradójicamente, Ramones fue una banda pionera y emblemática del punk formada en Queens (Nueva YorkEstados Unidos) en 1974 y en el año 93 estaba al borde de su extinción -que ocurrió tres años más tarde por su insuperable capacidad de seguir en el derrotero de los excesos y la línea recta al abismo-; mientras, El Tri -chilango por excelencia- brindaba sus últimas presentaciones antes de cumplir un cuarto de siglo e institucionalizarse. Así como el PRI institucionalizó la revolución, El Tricolor rockero en efecto hizo del rock nacional una institución con sus capillitas y una súper carretera pavimentada a punta de aferre. No ha habido cantantes más famélicos que el Lora azteca y el Ramone gabacho de los noventa.

Las dos bandas ya eran una leyenda de la contracultura más maciza y urbana, por ello no era menor el despliegue de bomberos y policías en la zona de la fresisima delegación Benito Juárez, cerca de la Del Valle y la Narvarte donde –otra paradoja- fueron los barrios nada marginales que en el 68 vieron nacer musicalmente al maestro Lora y el veterano Three.

Esa noche en el gimnasio Juan de la Barrera, el concierto pertenecía a esa lista de tocadas donde no se sabía que iba a pasar, todavía el rock no era como ir a una función de cine, comer palomitas y salir a cenar, el rock noventero podría ser un camino al infierno o al aliviane espiritual, resultar en apañón, caguamas en la banqueta o en una noche temblorosa en los separos de la delegación por alterar el orden, nomas por traer los pelos de punta o por parecerse a un Jesucristo en ruinas.

Oficialmente en el verano de 1993 vivíamos en el milagro salinista, los tentáculos de OCESA el monopolio de los espectáculos que comenzaba a surgir con ese raro nombre, que algunos decían que en el mundo de las netas se traducía como el acrónimo de los apellidos Occelli de Salinas, esposa del mandatario en turno, cuya empresa se hacía dueña de recintos públicos como el Palacio de los Deportes y el Auditorio Nacional, para no soltarlos nunca más e iniciar una era de conciertos amables, bonitos y bien peinaditos.

Todavía, ese mágico julio no moría Cobain ni el EZLN desnudaba los espejismos de la modernidad salinista, cuando la noche fue un gran intercambio de alegrías y delirios musicales, que alumbraron el paisaje de nuestra depresiva generación; que brincó, bailó, gritó, corrió, cantó y lloró en esa imbatible jornada, y que para no defraudar las expectativas -de que todo podría ocurrir-, aventó y destrozó varias de las sillas naranjas escolares puestas en medio de la pista (¿a quién se la habrá ocurrido pensar que la banda habría de permanecer sentada?), y que en algún momento un chavo banda sacó de entre la ropa una lata de pintura en esprit que volvió una llamarada de fuego y gritando, prometió entre estruendos de bajos y tambores que haría una pila para quemarlas.

  1. La noche en que todas las sillas bailaron.

El Tri fue el grupo abridor y todavía tocaba rápido, al estilo de Mariano Soto y el Condor Mancera -que ya no estaban esa noche en la alineación, pero que habían heredado ese estilo de solos de bataca y riffs alucinados de lira que fueron la condición peculiar del Tri surgido al calor de los sismos de 85-; de un estilo que mantenía el sonido de las madrugadas, en que Perro Negro y Callejero tenía la furia y la intempestiva necedad de una rola conectada con el alma.

“Qué-on-da Mé-xi-co-có-mo-es-tán”, dijo Joey Ramone con ese inconfundible acento de turista gringo con el que piden una soda en las trajineras de Xochimilco, vestido con su icónica chamarra de cierres y su infaltable playera roja de siempre, anunciando con sus severos problemas de visión y su elocuente timidez, que vendría el grito del bajista, el famoso: “one, two, three, four” que introducía las canciones de los Ramones. Es el instante en que se apagan las luces y la raza se trepa en los andamios que las sostienen para el grito también infaltable de: “¡Hey, ho, lets go, Hey, ho, lets go!”

Con una lona de fondo que figuraba los tabiques de una típica barda neoyorquina y el escudo genial de los Ramones, que todavía algunos portan en playeras compradas en los tianguis sin saber de qué versa, se descargó la detonación de un Joey Ramone pegado al micro de pedestal y que nos zarandeó con su plana, pero invencible voz y la bataca, bajo y lira de los demás: La banda.

En 1996 los Ramones se deshicieron dejando pedacitos de luna para trashumantes neoyorkinos en cada una de sus tocadas del ‘76 al ‘96; después de ello, Joey murió en el 2001; Dee Dee, en el 2002, y Johnny, en el 2004.

  1. Indomables noches de la memoria.

Pero más que las canciones de aquel incendiario acto, lo que más recuerdo son dos cosas:

A todos nosotros, las chavas y los chavos, las morras y los morros, con nuestros Converse y pantalones de mezclilla rotos y muy entubados, pegados; algunos -los que venían de más lejos- con los pelos estilo punk, parados, rapados, otros con la greña hasta la cintura, otros con el cabello simplemente desordenado.

Eso sí, chamarras y chalecos de cuero o mezclilla, con estoperoles, olor a pachuli, incienso y chemo, colguijes con la A de anarquía o un engrane industrial y todas las combinaciones que la ropa de color negro podría dar. Playeras y parches -los más de Ramones y El Tri-, algunos artesanales (todavía no vendían más suvenires afuera que el público que hay adentro como ahora) y también claro, había banda ataviada con logos de la Polla Records, The Exploited, los Sex Pistols, Espécimen, Síndrome, Atoxxxico, Masacre 68 (los punks), y de The Doors (cuya película de Oliver Stone de 1991 los había devuelto a la palestra), Guns and Roses, Metallica, Depeche Mode, Motley Crue y claro, algunos de Nirvana, Soundgarden, Pearl Jam, en diversas prendas, tonos y formatos.

Mi otro recuerdo es de mi madre que solidaria como siempre me acompañó con mi primo a ese paradigmático toquín del que se decían tantos chismes y rumores. Mi mamá (a quien dedico estas alegres palabras, porque en mi caso los recuerdos de aquellas tocadas nos alejaron siempre de los sentimientos que les daban “para abajo” a muchos carnales de generación) estuvo presente. A su vez, carnales anónimos que ya no están pero que estuvieron ahí, en ese slam que todavía no termina de aguijonear el corazón del punk y el amanecer del rock.

Al volar las sillas por todos lados, los de seguridad trasladaron a mi mamá y otras personas mayores detrás de las bocinas. Desde ahí al bajar del escenario mi madre se le ocurrió tratar de saludar a Johnny Ramone, quien quizá conmocionado de ver a alguien muy ajeno a la indumentaria punk y rocambolesca de la noche, le obsequió la plumilla con la que tocó la última rola, la del encore.

Esa plumilla medio rota de Johnny Ramone la conservo y fue mi último regalo como menor de edad. Con ello culminó ese sueño mágico, el del fin de mi generación.

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Twitter: @renegonzalez12

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