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domingo, febrero 28, 2021

Cosmovisión Totonaca y el mito de los 52 años de impunidad presidencial

Columna: Psico Digital


Por: Hegel Rivera


Pasante de psicología perteneciente a la Sociedad de Psicólogas y Psicólogos de México. Con un pensamiento que abarca la neuropsicología clínica, la terapia sistémica y la psicología transpersonal. Editor y redactor en neuropsitio.

Asumo íntegramente la responsabilidad personal, ética, social, jurídica, política e histórica por las decisiones del gobierno en relación con los sucesos del año pasado”, fueron las palabras dichas por el entonces presidente de la República Mexicana, Gustavo Díaz Ordaz. Es de notable importancia que para tal declaración tuvieron que pasar 11 meses menos un día, puesto que de acuerdo con Jacobo Zabludovsky aquel 2 de octubre de 1968 fue importante por haber sido un día soleado. Con tristeza para la ciudadanía mexicana dicha declaración parece un mito urbano pues carece de evidencia, aunque año con año se recuerdan esas palabras.

Hablando de mitos, es curiosa la relación existente entre la cosmovisión Totonaca plasmada en un ritual dancístico muy popularizado, los Voladores de Papatantla, y el lapso entre aquella tarde del 2 de agosto y el 1 de agosto pasado, fecha en la que por fin se vislumbró el camino para la igualdad entre todos los ciudadanos al declarar constitucional la consulta popular, solicitada por el presidente López Obrador, para preguntar a la gente si quiere que se realice un juicio a los expresidentes del país. 52 años menos un día fue el tiempo que transcurrió en México para que un presidente no solo asuma íntegramente la responsabilidad de sus decisiones, sino que también se responsabilice por sus decisiones con las justas consecuencias.

Me explico: aquella tradición folclórica de Veracruz no es exclusiva de la región y es que se han registrado ceremonias de voladores semejantes, con sus debidas diferencias culturales y regionales de las culturas nahuas, otomíes, huastecas, tepehuas, totonacas, huicholes, etc., desde Nicaragua y Guatemala (nicaraos y quichés) hasta el sudoeste de lo que actualmente es Estados Unidos, por la tradición Sáqtiva de la cultura Hopi, pasando por Morelos, Puebla, Hidalgo, Nayarit, Estado de México, Yucatán, Tlaxcala, la actual Ciudad de México y una gran cantidad de lugares en los que se practicaba pero que se dejó en el olvido, tal es el caso de Michoacán y Guerrero. Los Totonacas lograron conservar tan interesante tradición adaptando su misticismo con los intereses populares traídos durante la conquista por la corona española.

Hay registros de que en el siglo XVII los españoles estaban plenamente seguros de que habían modificado tan profundo ritual al punto en el que las culturas autóctonas realizaba la ceremonia con meros fines lúdicos, pues a través de un biombo en el Museo de América en Madrid, en la lámina III se resguardo qué: “… en lugar de vestir los trajes de ceremonia o de pájaro, se visten de mascarada, con trajes de soldados españoles, con cualquier careta, no con caretas rituales. […] Al pie del mástil, también disfrazados están el guitarrista, con una careta de negro, y el cuestor, que recoge en una pandereta las dádivas del público”.

La polémica sigue vigente, al punto en el que el pensamiento occidental sigue cuestionando las razones por las cuales se sigue realizando el acto de volar sobre un mástil en la visión semi-autóctona de muchas regiones de lo que hoy se conoce como Norteamérica.

En política no hay coincidencias; las coincidencias siempre cuentan con un factor casual a pesar de la agobiante evidencia causal en los hechos. El principio de economía postula que los hechos suceden porque son los más eficientes en el universo para conectar el pasado con el futuro (gracias a ese principio se puede explicar, por ejemplo, que la oposición del pulgar necesita de tres huesos, no dos, ni cuatro).

Lo mismo ocurrió con la acogida del náhuatl por parte del español, puesto que por principio de economía universal es más accesible entender las cosmovisión cristiana a través de conceptos del náhuatl, que de conceptos en otomí, purépecha, maya, etc.

Las dudas que abren rituales como los de voladores son tremendas, puesto que en sociedades donde las urbes se construían respetando a los astros en el firmamento, muy seguramente consideraban el orden geográfico, tanto como el orden en el que su cordón umbilical había sido cortado. En caso contrario, resultaría muy interesante estudiar el sistema inconsciente al cual respondían las civilizaciones autóctonas, y es que entre las culturas que han practicado ceremonias de voladores se puede visualizar un macro-sistema, mejor llamado macro-quincunce en el cual, el centro corresponde al volador de Zempoala, Tlatelolco, Tenochtitlán y Xochimilco, arriba (que para las antiguas culturas era lo que hoy conocemos como el oriente) están los voladores totonacos, nahuas, otomíes y tepehuas, en contra de las manecillas del reloj y hacia la izquierda (pues es la dirección a la que todos los voladores giran) estaría el ritual Sáqtiva de los hopis, en la parte baja (que es el poniente) se ubican los coras y por último están los nicaraos con su mitote y el volador quiché de Chichicastenango al sur.

Las modificaciones de estos ritos llamados “aborígenes” han sido imparables, pero la profundidad de la tradición es tal, que muchos de los gestos, ademanes, emblemas y coreografías se conservan. Tan es así que los trece días de ayuno para cada uno de los cuatro voladores totonacas al iniciar la festividad, sigue representado en las 13 vueltas que dan los voladores de Papantla. Sumando las 13 vueltas de cada uno tenemos como resultado 52, que corresponde a los 52 años que completan un ciclo solar en su cosmovisión y que fueron perfectamente ejecutados desde el 2 de octubre de 1968, hasta el 1 de octubre de 2020. Este también puede ser un drástico cambio en lo que antes se solía llamar Anáhuac, si se considera que de 1500 a la fecha han pasado 520 años o diez ciclos solares representados por los voladores de Papantla. Mientras no incentivemos a los últimos guardianes de este sagrado ritual, tendremos más dudas que certezas y perderemos autodeterminación en los próximos sucesos. Fernando Ortiz, en su obra El huracán. Su mitología y sus símbolos cuestiona “¿Qué otra cosa son los mitos sino las fantasías con las cuales la mente humana quiere llenar los espacios entre las realidades que le son conocidas?”.

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